lunes, 9 de abril de 2018

EL SUSPIRO DEL RELOJ


"El reloj llegó a mi casa por casualidad. No era de un viejo anticuario, ni lo había heredado de una abuela rica y excéntrica. Simplemente llegó. Creo que fue una de esas cosas que compras para regalar y no consigues dar con la persona a quien quieres dárselo. Y así sin más, pasa a ser tuyo. Lo colgué en la pared del salón comedor. Porqué creo que es allí donde deben estar los relojes, donde pasas más tiempo, donde estén recordándote que el tiempo pasa.
Era de madera oscura y no pegaba para nada con mis otros muebles. Empecé el ritual diario de dar cuerda al reloj. Me gustaba. Despertar. Tomar café. Dar cuerda al reloj para que marque las horas de mi vida. Vivir. Me gustaba la compañía que me hacía. Sobre todo al principio. Cuando cada hora sonaban unas campanadas y yo le miraba y sonreía. Después ya esperaba la hora punta y solía mirar de reojo a la máquina de mi pared, como esperando que cantara el tiempo para mí. Todo fue así. Hasta que un día me di cuenta de que ese reloj era para mí mucho más que un reloj. Había empezado a llegar a casa y saludarlo. Como si fuera un perro o un gato que me había estado esperando todo el día. Una noche de insomnio me senté a oscuras con una taza de chocolate en la mano y le conté que no podía dormir. Sin darme cuenta le conté por qué hacía tanto tiempo que me costaba dormir. Le hablé de mis vigilias nerviosas y de mis sueños que antes eran vívidos y coloridos y ahora cuando llegaban eran olvidables y en blanco y negro. Cogí una manta y me enrollé con ella en mi incómodo sofá. Y dormí como un bebé.
Al día siguiente pensé que a lo mejor haría bien en llevarme el reloj a mi habitación. Para poder hablar con él desde la cama. Pero deseché la idea porque un reloj de pared en la habitación era absolutamente ilógico y demente. Pero dormí muchas más veces en mi comedor. Así que cambié mi incómodo sofá por un sofá cama, que al principio desplegaba cada día y después ya quedó permanentemente en el centro de la sala. Y así tú te quedas en tu sitio, frente a la ventana para que puedas ver la calle. El reloj me miró, oí un suspiro. ¿Cómo es el suspiro de un reloj? No sé, tiene un sonido mecánico y a la vez suena a madera y a metal. Creemos que no lo oímos pero si el reloj te deja oír su suspiro una vez, sabes que es imposible que pase mucho tiempo hasta que lo vuelvas a escuchar.
Fue en mi etapa viajera cuando todo cambió. Yo veía reportajes de viajes en la tele y le decía ¿no te gustaría visitar esto? ¿Te ha gustado la puesta de sol de Atenas? Una noche le leí los cuentos de la Alhambra. Otra, una guía de los fantasmas de Londres. Y así mi reloj y yo íbamos conociendo mundo. Y entonces pasó. Mi reloj se volvió loco. Colgado en la pared yo lo veía triste y no sabía qué hacer por él. Le leí a Oscar Wilde, siempre que hay que animar a alguien, le leo algo de Oscar Wilde. Le puse una película de Billy Wilder. De George Cukor. Le enseñé los bailes por París de Gene Kelly. Las nanas bailadas de Fred Astaire. Pero mi reloj seguía triste. Y empezó a desentonar. Su esfera marcaba las tres, pero él daba ocho campanadas. Y así por siempre más. Con cara de preocupación decidí llamar a un relojero. No, no puedo traerle el reloj, tendría que venir usted a mi casa. Creo que el reloj está demasiado mal para salir. Me colgaron el teléfono en tres o cuatro sitios. Hasta que una voz mayor con un deje ruso en el acento me dijo que vendría esa tarde.
El relojero efectivamente era mayor. Y ruso. Se sentó en mi salón e hizo caso omiso de la cama puesta en medio, como si fuera la cosa más natural del mundo. ¿No va usted a mirar el reloj? Le pregunté impaciente. El viejo ruso miró la hora. Faltan veinte minutos para las cinco, vamos a escuchar primero como suena, después decidiremos. Nos tomamos un té y nos miramos en silencio. Él percibía mi preocupación y me confortó ver su mirada tranquila, como diciéndome que todo saldría bien. Eran las cinco. Una sola campanada. El viejo relojero movió la cabeza hacia los lados preocupado. Lo apuntó en su libreta con un lápiz que casi no era lápiz por lo gastado que estaba.
Ajá. Dijo. Debemos esperar otra hora. Y así pasamos la tarde. El reloj a las seis dio doce campanadas. A las siete, cinco. A las ocho tres.
Es grave. Dijo el abuelo. Su reloj se muere de pena. Tiene ansias de vivir y sabe que no puede moverse de aquí. Ha perdido su norte. 
Lo sabía, dije. He oído como lloraba por las noches. ¿Qué puedo hacer?
Poco ya. El reloj no mejorará. Siempre marcará la hora correcta pero dará las campanadas del país que quiere visitar. Ha contraído el mal viajero. Sólo hay una manera de curarlo.
¿Viajando? 
No no, vaya locura, ya es un reloj viejo. Y no aguantaría un viaje con cambio horario. Debe viajar usted. Sólo así, cuando vuelva y le traiga fotos y postales, cuando le cuente las historias vividas de primera mano el reloj irá aguantando. Antes de irse póngale algo de Mozart, su música siempre alegra a los moribundos y calma a los locos.
Y aquí estoy. En el aeropuerto. Voy a Rusia. A ver las noches blancas. Pienso escribirlo todo en mi cuaderno, no quiero olvidar nada que contarle a mi reloj. Pobrecillo, que contento estaría de venir conmigo. De ver mundo y de vivir."

Sed felices.


miércoles, 4 de abril de 2018

CENSURADOS.

No leo la prensa del corazón. Incluso en la peluquería suelo sacar la novela del bolso. Lo cual me invalida como apta para tomar parte en la mayoría de las discusiones que oigo a mi alrededor. No miro ni “Sálvame” ni tampoco “Masterchef” ni “La Voz”. Sé que existen porque tampoco vivo en una prisión del siglo XII.
Y porque tengo Twitter. Y allí amigos, es donde sale la parte entre voyeur y ávida de cotilleos de mi ser. Esta mañana, el trending topic (para los profanos en el tema, es el asunto sobre el que hay más tweets) era #letiziavssofia. Imagino que ya todos habéis visto el video. Mientras una abuela quiere hacerse una foto con sus nietas, la madre de estas no la deja. Podría pasar en las mejores familias. Sin embargo se trata de la familia real española. Como no tengo planes de visitar la cárcel, ni tengo posibles para huir del país…ahí acaba el tema. Quien me iba a decir a mí que la censura, que me sonaba a cosa de cuando mis padres eran jóvenes y a besos de “Cinema Paradiso”, me iba a frenar. Pues sí, me frena. No sólo eso. A veces no retuiteo cosas por miedo. Así que asumamos que tengo un problema. No. Asumamos que tenemos un problema. Yo crecí viendo películas en Tv1 y Tv2. No hubo más canales de televisión durante mucho tiempo. Y ahora parece que la Merkel nos está invadiendo lentamente, hipnotizando nuestras siestas con películas alemanas que son el colmo de la sosez y el decoro. Pero cuando yo era pequeña, la mayoría de las pelis del fin de semana eran americanas. Lo que hubiera sido trending topic en mi infancia hubiera ido de Westerns, Tarzán, guerra del vietnam y pelis de niños que con un spectrum y un teléfono entraban en la cuenta de un banco, en sus notas de la escuela o lanzaban misiles. Pero recuerdo que una de las frases más repetidas en toda producción americana que se preciara en los setenta y ochenta era alguien, generalmente un actor secundario preguntando “¿Vivimos en un país libre, verdad Joe?” (Siempre había un Joe).
Naturalmente que sí, la estatua de la libertad era mi destino preferido de pequeña. Ese país, de segundas oportunidades, que a falta de historia basó su existencia en dos cosas: la bandera y el sueño americano.
Con la edad, me aficioné al cine europeo. Y a ver las noticias y a escuchar a mi padre. Y descubrí que América (perdón, Estados Unidos) no era un país libre. Y nosotros sí. Porque salíamos de una dictadura y teníamos una recién nacida democracia a la que había que cuidar. Podíamos votar. Y lo hacíamos (yo no, porque aún no tenía edad) ilusionados como se hacen esas cosas que antes han sido prohibidas. Como beber alcohol a los 18 y conducir cuando estrenas carnet.  
Nunca he creído en banderas y me daba bastante igual lo que significaran, pero ahora me doy cuenta que estoy en un mundo distinto del que pretendía. Resulta que en mi mundo te meten en la cárcel por opinar. Por publicar tweets o rapear, aunque sean verdades como templos. Y me muero de ganas de cotillear sobre el incidente de la foto de la casa real. He visto el vídeo y he leído divertidísimos memes que se ponían a favor de suegra o de nuera. He visto peticiones de República. Y me he puesto a escribir del tema, pero entonces una voz me ha dicho “¿vivimos en un país libre, no Joe?”. Y he pensado claro que no Joe, vivimos en plena censura. Y si algún día me decido a escribir verdades no arriesgaré mi libertad por hablar de una pelea familiar que no me importa absolutamente nada. Arriesgaré mi libertad por hablar de la falta de ella, de la corrupción o de todos los derechos que hemos ido perdiendo por el camino. De lo que de verdad ocurre a nuestro alrededor mientras todos nos reímos de los “memes” en la red.

Esta semana no os pongo canción. Pero os cuelgo un poema que hechizó el final de mi semana santa. Hay que “Huir” de todo lo que no nos gusta. Sed felices. Sin censuras.



lunes, 19 de marzo de 2018

DE FINALES Y PRINCIPIOS.


Hoy por la mañana he tomado un café con el invierno. Hemos hablado seriamente, estaba deprimido porque sabe que debe marcharse y no quiere. He intentado animarlo diciendo que el año que viene lo esperaré con chocolate caliente y nubes el mismo 21 de diciembre, pero me ha mirado a los ojos y me ha dicho: no seré el mismo, para que lo entiendas es como cuando el Doctor Who se regenera, es él mismo pero no lo es. Y me ha dado pena. Es verdad que espero que venga la primavera pero siempre me ponen triste las despedidas. Hemos sacado el álbum de fotos y hemos recordado nuestros mejores momentos. Mis bufandas, los copos de nieve, la Navidad, la lluvia al salir del cine los sábados, la sensación de ducharte con agua caliente cuando llegas a casa, los pijamas de franela y los cielos azules cuando sopla el viento. Se ha puesto nostálgico y me ha preguntado qué ha hecho mal. Le he dicho que nada, aunque se ha pasado un poco con el frío. Sólo quería hacer bien mi trabajo. Ya, pero a veces no estamos preparados para reconocer tus esfuerzos y no los sabemos apreciar. Se ha callado y ha tomado un largo sorbo de café. Voy a seguir por aquí esta semana. Lo sé, le he contestado. Y he visto como miraba fotos de la primavera. Me he temido lo peor. Lo siento, lo vuestro es imposible. Si te quedas con ella acabaremos odiándoos a los dos. La primavera debe florecer, dejarnos guardar los jerséis grises y ponernos camisetas de colores. Debe darnos luz y tú eres oscuridad. No la seduzcas o la destruirás.
A ti antes te gustaba la oscuridad. Su acusación me ha sorprendido. He reconocido que tiene razón, pero llevo una temporada en que me encanta la luz.
Nos hemos mirado sin decir nada más y me ha besado fugazmente en los labios, donde se ha quedado un copo de nieve que guardaré siempre en la memoria. No volveremos a hablar, le he dicho. No volveremos a hablar, ha repetido casi mecánicamente. No ha partido aún y sé que durante unos días intentará hacerse amante de la primavera, mañana tendré que hablar con ella para que no se deje. La seducción a veces puede hacer que pierdas el eje de tu vida y el invierno es sabio y astuto como un viejo diablo. Espero que se decida y se marche en tren, nada es tan especial como ver un paisaje frío desde la ventana de un tren. 

Pero como los humanos sabemos como mirar hacia delante, he sacudido mi nostalgia como si fueran migas de pan en mi vestido y he consultado mi programa para esta semana. Mañana día 20 de marzo celebramos no sólo el equinoccio primaveral sino también el día internacional de la felicidad. Hay que ser feliz mañana, aunque sólo sea para cumplir con la agenda. Y el día 21 será el día de la poesía. Y todo nos parecerá un poco mejor. Las musas nos mirarán desde lejos, escondidas entre las flores rosas de los cerezos en flor y dejarán ahí colgadas las palabras para que los poetas las recojan bajo los árboles.
Y es que como todos los principios me encantan, tengo serias esperanzas con la primavera. Un par de datos técnicos para que saquéis algo de provecho de la lectura. No todos los países pueden disfrutar de esta estación, sólo los que estamos en la zona templada del planeta. La primavera se llama así desde después del Siglo de Oro, cuando llamaban “Primo vere” (el primer verde) al pre-verano. Y para mí, lo más importante es que la luz ha vencido. Como debe ser.
Os dejo esta semana con deberes varios; quiero que hagáis algo agradable para despedir al invierno y quiero que os vistáis de gala, al menos anímicamente para dar la bienvenida a los nuevos comienzos, que busquéis algo que os ponga de buen humor y que os paréis a mirar el paisaje. Volad cometas, perdeos en un bosque, celebrad la fiesta del color y del amor como en la India o brindad conmigo. Os dejo con una canción de Pau Vallvé, escogida nada aleatoriamente y distinta a todo lo que suelo colgar. Y me despido hasta la próxima, esperando que aprendáis a ser felices.




lunes, 12 de marzo de 2018

LUNES


Siempre he creído que la felicidad es algo demasiado valioso como para ponerlo en manos de alguien que no seas tú. Nuestra felicidad es una caja con material sensible y que debe ser manipulada sólo por nosotros. Hoy me he despertado feliz. Seguro que gracias al sueño que he tenido, el cual no recuerdo en absoluto, pero ha cumplido  la función de poner mi cerebro en forma para empezar la semana. Es verdad que por mi mente al segundo de despertarme ha pasado un pensamiento fugaz y llameante como un rayo en verano: “Que día tan fantástico, a ver cuánto tarda alguien en estropearlo”. Y después he pensado, pues no te dejes. De momento lo estoy consiguiendo. No odio especialmente los lunes. Los considero una libreta por estrenar. De hecho había puesto ciertas esperanzas en esta libreta nueva, ya que la vieja acabó un poco hecha polvo al terminarla. Pero estoy en fase “wait and see”. Así que voy a dejarme sorprender. Aunque no odie los lunes, es verdad que suelo mirarlos de reojo por aquello de “a ver con que me sales hoy”. Pero más que nada por el mal humor de la gente a mi alrededor.
Esta mañana, mientras tomaba café y leía las noticias, me ha llegado un mensaje que me ha hecho ilusión. Era un paisaje de una puesta de sol. Resulta que era de Sitges, mi lugar fetiche y he pensado que era un buen presagio. Dudo que quien me lo ha enviado me conozca lo suficiente como para saber que este lugar es especial para mí. Pero tampoco sabe el momento oportuno en el que ha llegado. En medio de las noticias nefastas del día, la puesta de sol naranja era como un recordatorio de que en el mundo aún existe la perfección.
Para mí, lo bueno de nuestra era, es la ventana al mundo que suponen las nuevas tecnologías. Hace poco hablaba con una amiga que está en la fase inicial de un enamoramiento que empezó de forma telemática. Comentamos lo fácil que le ha resultado llegar a cierto nivel de intimidad gracias a la mensajería instantánea. Sí, el progreso a veces no es tan distópico como solía creer de pequeña. Aún así, debo reconocer que las nuevas tecnologías me han hecho conocer más al ser humano. Y no siempre para bien. Si ayer te dabas una vuelta por twitter te llevabas las manos a la cabeza ante las hordas enfurecidas, que antorcha en mano, pedían pena de muerte a la asesina del niño de Almería. También la cosa derivaba en comentarios racistas y en contra de la inmigración. A veces internet puede abrir las puertas del infierno y dejar que los demonios se paseen libremente por las redes. Ayer twitter era un cajón de sastre donde todo cabía: dolor, decepción, odio y venganza. Pero no quiero hablar del tema. No suelo entrar en juicios paralelos y creo que todo debe seguir en manos de la justicia.
Naturalmente todo es bueno y malo a la vez, siempre depende del uso que le des.
Si antes he comentado que hoy una foto me ha alegrado el día, debo reconocer que soy más que adicta a las palabras que lo hacen. Hay frases que recibes y se quedan contigo muchas horas, actuando como amuleto contra todo lo malo, también de noche duermen en tu almohada ahuyentando las pesadillas que te amenazan. Es curioso que el ser humano tenga tanto poder. Estás a un click de alegrar el día a alguien o de arruinárselo. Depende sólo de ti. Pero hoy voy a focalizar lo bueno. A pesar de todo. De que aún haga frío y de que mañana será martes y 13. De que el hombre sigue siendo un lobo para el hombre. Pero al mismo tiempo, debo recordarme a mí misma que también está lo que brilla. Lo que vale la pena de verdad. La luz de primavera. Los “te quiero”. Los cafés con charlas interesantes. Las fotos inesperadas. Las canciones que te hacen sacar el móvil para saber de quién son. Los momentos en que ves algo que crees que el mundo entero se acaba de perder y te sientes privilegiada, como si hubieras abierto una ventana a lo escondido. Y el azar que a veces, sólo a veces te trae sorpresas que cambian el rumbo de tu día o de tu vida.
La felicidad no es complicada, sólo que a menudo no la dejamos entrar. Como se que absolutamente nadie escucha la música que cuelgo, he decidido poner algo que al menos a mí, me pone de buen humor. Nina Simone y “feeling good”. Sed felices.




martes, 6 de marzo de 2018

HARRY ¿QUÉ?... HARRY WARREN. EL HOMBRE QUE NO ESTUVO ALLÍ.


El domingo vi la película “La forma del agua” y me gustó mucho, pero debo agradecerle algo más que la historia en sí. Me reunió con un señor a quien conocí en mi tierna adolescencia. Recuerdo la presentación del programa “La calle 42” cuando Josep María Pou dijo: “Hoy vamos a hablar de Harry Warren” y Concha Barral le contestó: “Harry ¿Qué?”. “Sí, es más conocido por ese nombre”.
De él, el escritor William Zissner dejó escrito: “Es el hombre que no estuvo allí. Invisible. Anónimo. No anunciado.”
Harry Warren, nacido Salvatore Antonio Guaragna fue el compositor de unas 800 canciones que han sonado en cerca de 300 películas. Muchas de esas canciones están dentro de la memoria colectiva de los americanos y gracias a los ciclos de cine de la 2 también están en mi cabeza y en el mp3 que suena en mi coche.
Colaboró con Bubsy Berkeley. Quien sé perfectamente que no os suena de nada, pero a él le debemos la idea de poner una cámara en el techo para tomar planos de las coreografías desde un punto de vista distinto. Quizá una de las canciones más famosas de la época era “La calle 42” por lo famosa que se hizo también la película. Pero tiene tantas canciones que tenéis puntos para que hayáis tarareado alguna después de ver una película romántica. Uno de los números musicales de “La forma del agua” quizá el más onírico, es de una de sus mejores canciones. “You’ll never know”.
No es para nada mi favorita, aunque sonreí como una idiota al verlo.
Harry, humildemente, decía que un compositor de canciones era siempre la forma más baja de vida animal en Hollywood.
Y esto me hace pensar en los invisibles. La gente que trabaja en la sombra para que otros brillen. Estoy segura que hay verdaderos genios, artistas que nunca serán reconocidos. En cambio todos reconocemos a Jennifer Lawrence. Y a estas horas todos hemos visto su foto con la copa de vino blanco en la ceremonia de los Oscar. Me encantó su vestido, por cierto. Durante unos días todos recordarán el fantástico discurso de Frances McDormand y puede que después de su merecido premio tenga más ofertas de trabajo. Pasados unos días nos olvidaremos de Frances. (Hablo en general y yo me excluyo, ya que yo la adoro desde hace mucho tiempo y pasé mi juventud planeando el robo de su marido).
Lo que quiero decir es que el mundo del espectáculo y seguramente el mundo cuotidiano, gira alrededor de las estrellas más brillantes. Aunque no sean siempre las que dan más calor.
A veces tengo la sensación de que el mundo moderno es un gigantesco Reino de Oz. Alguien le pone la voz al mago detrás de las cortinas. Y todos lo adoramos. Por comodidad o porque así nos lo han enseñado.
Volviendo al buen Harry, debo decir que en su época sí hubo compositores reconocidos que seguramente no tenían problema en encontrar mesa en un restaurante repleto. Cole Porter, George Gershwin o Richard Rodgers. No sé si tenían mejores representantes. Pero Harry Warren ha pasado a la historia por ser un desconocido. Y sin embargo recuerdo perfectamente ese domingo por la mañana en que yo lo conocí. Sin menguar mi amor por Porter o Gershwin, reconozco que me enamoré de la música del antihéroe, quizá porque siempre me han gustado los antihéroes y porque me hice la promesa de descubrir a los genios que están entre nosotros. Pensé que de ser coetáneos, yo sí le hubiera conocido. Pero yo es que era un poco contracorriente y más que del protagonista siempre me quedaba con el amigo del tiro en el hombro.
Fíjate que bien divago en martes. Y eso que este post pretendía ser un homenaje a los invisibles. Y sobre todo a Harry. Pero a veces no puedo mandar sobre lo que escribo. Sale sólo. Podría poneros muchas canciones del Sr. Warren y deciros ¿véis? Es suya y la conocéis. Pero prefiero dejaros con una de las que más me gusta. “Devil may care”.
Esta semana mirad detrás de la cortina y descubrid a algún genio anónimo. Y naturalmente sed felices.



lunes, 26 de febrero de 2018

LA BESTIA DEL ESTE. NIEVE A COTA 0.


Hoy no me concentro demasiado. Creo que he pasado a un mundo paralelo donde la gente sólo habla del frío. Estoy segura que detrás de toda esta charla fatalista, existe un código y que en cuanto lo descifremos descubriremos un mensaje alienígena o el secreto del sentido de la vida. No puede ser que todos los que me han hablado del tiempo hoy lo hicieran en sentido literal. Me doy cuenta que conozco a gente muy aburrida.
Parece que va a visitarnos un fenómeno meteorológico al que han bautizado con el tranquilizador nombre de “Beast from the East”. Para los más entendidos en el tiempo entre los que nos contamos yo, los jubilados y los esquiadores, diré que se trata de una masa de aire siberiano que cual furioso Atila hiela todo lo que encuentra y que parece que va a chocar con una masa de aire caliente procedente del Atlántico. Y ahí es donde llega la precipitación, la psicosis y los hombres del tiempo estresados.
El fantasma de la nieve en zonas como mi casa donde no suele visitarnos (ni lo hará esta vez, lo siento por mis alumnos que ya se imaginan en un paisaje de Dickens, o lo harían si supieran quien es Dickens) es esperada con distintos ánimos. Esta mañana en la barra del bar donde he tomado café creo que he oído la palabra “nieve” unas 3500 veces, más que menos. Veo pasar por la ventana a señoras cargadas con el carro de la compra como si en lugar de precipitaciones viniera el apocalipsis zombie. Incluso mi vecino antipático, en el ascensor me ha saludado y ha dicho, parece que llegan nevadas. Sin buenos días ni nada.
Voy a sacar de la ecuación las aceras que patinan, el frío, las carreteras congeladas y toda la realidad de lo que pasará si llegara a nevar, y voy a analizar por qué nos atrae tanto la nieve.
Primero, porque no estamos acostumbrados. Y nos encanta lo exótico. La nieve sólo la vemos en las películas americanas o en thrillers nórdicos. Segundo, ver nevar relaja. Sobre todo desde una ventana y bajo una manta. Hay algo mágico e hipnótico en la calma de verlo todo mientras se cubre de blanco. Después, el silencio. A veces cuando termina de nevar, llega un momento de tranquilidad absoluta en que todo parece encajar. Y más si es de noche. Creo que es un instante que si sabes apreciar puedes ver que todo es posible.
Como veis, no es que no me guste la nieve, de hecho me encanta, lo que pasa es que mi parte adulta, por un instante práctico en incómodo, se ha comido a mi lado infantil e inocente. Y pienso que es una pena. Escucho a los niños de mi clase y creo que no veo tanta ilusión en sus miradas desde antes de las vacaciones de navidad. Es por eso que a veces echo en falta ese estado de ánimo en que te alegras por absolutamente todo. Como si en un copo de nieve cupiera toda la magia que necesita el mundo.
Mientras escribo esto tengo las noticias de fondo, donde los criticadísimos hombres del tiempo insisten en que una especie de apocalipsis meteorológico está a punto de llegar. Por mi ventana brilla el sol. La verdad es que aquí podría insertar un emoticono de esos con la mirada hacia arriba, pero me he dado cuenta de que no hace falta.  
De momento es hora de escapar a tomar un café y leer el periódico que hoy aún no he podido. Os dejo hasta la próxima. Disfrutad de la nieve y el frío que queda poco para que unamos nuestras voces contra el calor. O también podéis quejaros de todo, aquí cada cual que disfrute a su manera. Os dejo con un video de esos cursis donde un señor saca un piano y se pone a tocar en medio de la calle, la gente viene, baila y vive un momento de absoluta alegría. Todos están de buen humor y la canción es mala a la par de pegadiza. El chico que canta no lo hace ni bien ni mal. ¿Por qué os pongo esta canción? Pues porque desde esta mañana que la he oído en la radio, mi cerebro está repitiéndola sin descanso. He pensado que las penas compartidas son menos penas. Sed felices. Bajo la nieve.



miércoles, 21 de febrero de 2018

FRÁGILES


Creo que uno de los peores defectos de la humanidad es dar las cosas por sentadas. Ser conscientes de todo lo que nos rodea obviamente nos abrumaría, pero pasar por la vida creyendo que todo es eterno tampoco es la mejor solución.
Paul Bowles en su libro “El cielo protector” tiene una frase que lo define perfectamente. “…todas las cosas ocurren solo un cierto número de veces, en realidad muy pocas (...) y sin embargo todo parece tan ilimitado”.
Concretamente Paul, hablaba de las veces que volveríamos a ver la luna de día, cosa que me encantó ya que tengo cierta fijación por la luna. Cuando anochece tengo la manía de buscarla en el cielo. Esta semana está creciente, me atrae especialmente esta fase, porque es la que dibujamos de pequeños en las esquinas de las hojas de los deberes. Puede que sea porque es la que sale en los cuentos que leíamos y personalmente porque me recuerda a cielos exóticos que probablemente no vea jamás o que puede que vea algún día. Cuando la luna está creciente pienso en el cielo de Tánger, en el desierto y en conversaciones de noche cerca del mar. 
Pero ¿qué pasa cuando además de la belleza del momento, damos por sentadas cosas que no son para nada seguras? Lo que no decimos hoy, lo que no hacemos, escuchamos o leemos hoy puede que no tengamos tiempo de hacerlo. En  la película “Las horas” Nicole Kidman disfrazada de Virginia Wolf, decía que alguien debía morir para que los otros apreciasen la vida. Ella mataba al poeta. No creo para nada que sea una decisión acertada, hay escasez de poetas en la vida cotidiana. Pero la entiendo, a veces el poeta debe morir. Y sólo así los demás se darán cuenta de la existencia de la poesía.
Soy, o intento ser, de naturaleza optimista, pero debo confesar que últimamente me siento un poco fastidiada. Y creo que es por la indiferencia que nos está infectando. Como si fuera un virus, somos capaces de oír o ver verdaderas salvajadas sin que nos afecten. Estoy convencida que estamos perdiendo la capacidad de sentir. Y si nos olvidamos de indignarnos ante la atrocidad y de defender lo que es justo, poco a poco me da miedo que nos olvidemos también de apreciar, de amar o de sentir el placer con todo lo bueno.
Si el dar por sentadas las cosas nos lleva a cierta apatía, ésta nos está robotizando lentamente. Y el final de la humanidad no vendrá de un desastre natural como un meteorito descontrolado o con el alarmante y real cambio climático, el final de la humanidad vendrá de la falta de sentimientos.  
Que todo sea frágil, puede asustarnos, pero precisamente que todo sea frágil es lo que lo hace precioso e inolvidable. Sea la luna en el cielo, un gato durmiendo al sol, una declaración de amor en una pizarra o un poema en el móvil.
Hace poco me quejé en una conversación de lo poco que me gusta sentirme vulnerable, pero pensándolo bien, decido que sentirse vulnerable es uno de las mejores sensaciones del mundo. Es soltarse y confiar, es no querer controlar todo y dejar que lleguen las sorpresas, aceptar las buenas y luchar contra las malas. La vulnerabilidad es un sentimiento y los sentimientos nos hacen humanos.
Esta semana os mando más deberes. Me encantaría que intentéis apreciar la fragilidad y que descubráis que dentro de un momento fugaz puede existir la eternidad. Naturalmente también quiero que sintáis amor, rabia, dulzura o descontento y que lo expreséis. Puede ser una semana interesante.Contadme y sed felices.



EL SUSPIRO DEL RELOJ

"El reloj llegó a mi casa por casualidad. No era de un viejo anticuario, ni lo había heredado de una abuela rica y excéntrica. Simple...